Grupo 7: «…y con el mazo dando»

El Garlochí en 'Grupo 7'

Dicen que el 7 es el número de Dios. Para razonarlo, dicen que por eso hay 7 pecados capitales, que la creación del mundo duró 7 días, y nombran un sinfín de referencias bíblicas ante las que solo puede responder la fe. Puede que tenga algo que ver este mito numerológico con el hecho de que la formación de policías corruptos y violentos creada por el director Alberto Rodríguez y el guionista Rafael Cobos se llame precisamente Grupo 7. Al fin y al cabo, los cuatro agentes de la ley que lo componen actúan a la manera de un Dios vengativo, impunemente y por encima del bien y del mal, aunque entre ambos no existe demasiada diferencia en el universo del film.

Los potentes matices religiosos de Grupo 7 no pueden separarse del contexto espacial y temporal en que transcurre la historia. Sevilla y sus contradicciones, más iglesias que escuelas en la calle, centenares de imágenes a las que venerar, una simpatía aparente que esconde muchas veces un cínico rechazo a lo desconocido. Los años previos a la celebración de la Exposición Universal de 1992, la oportunidad de convertir a toda costa a una anciana decrépita en una niña bonita. En esa limpieza descontrolada y perversa de yonquis y prostitutas nos sitúa el film, y solo en ella tienen sentido la utilización de una marcha de Semana Santa para ilustrar un chantaje policial, la imagen de un agente rogándole a un Cristo, como en el dicho popular, tras haber golpeado a martillazos a un desgraciado delincuente.

Pero al igual que en 7 vírgenes (otra vez el 7) y After, el tándem Rodríguez-Cobos se aferra para conducir su relato, seguramente por una lógica en la que prevalece la ausencia de fe, al fatalismo y el desamparo. No puedes jugar a ser Dios aunque el poder humano te lo permita desde su infinita y vergonzosa justificación de los medios. Y menos en una jungla urbana en la que te has convertido en el enemigo de los débiles, que son mayoría.

El sobresaliente trabajo de Alberto Rodríguez, con una planificación enérgica, exigente, y una dirección de actores que está por encima de los propios intérpretes, elimina las impurezas de un trabajo de elevada dificultad. No es solo que Grupo 7 sea una de las mejores películas españolas de los últimos tiempos, es que además es un espejo sin apenas deformaciones de la realidad actual de la capital andaluza y, en general, de ese supuesto progreso que no solo olvida nuestras debilidades sino que pretende acabar con ellas caiga quien caiga. Y eso, Dios mediante, me temo que no es posible.

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