Los crímenes de Oxford

Crímenes de OxfordLa historia es digna de Agatha Christie: una anciana ha muerto en Oxford. Dos personas han descubierto su cuerpo: un gran profesor de matemáticas y lógica y un estudiante que sueña con ser su alumno. Rápidamente ocurren otros asesinatos, que llaman la atención por la presencia de toda una serie de símbolos. Los dos personajes se asocian para encontrar las partes del rompecabezas. Como era esperable, nada es lo que parece. La identidad del asesino será una auténtica sorpresa y los motivos para matar a inocentes mucho más.

Alex de la Iglesia, director ligado a las comedias de terror da un giro a su carrera con Los Crímenes de Oxford. Cambia de país y de registro, a la busca del reconocimiento de un público menos limitado que el círculo de frikis que lo hemos sostenido desde sus principios en Acción Mutante. Una ambición que podría ser comprensible (cambiar de estilo es algo normal en la carrera de cualquier cineasta) si la película mereciera la pena. Los Crímenes de Oxford es una adaptación extraña.

Crímenes de OxfordLos Crímenes de Oxford es la primera película que no nos ha gustado de Alex De La Iglesia. Una decepción, y lo curioso es que hasta la fecha, el director español se había apañado con distintos recursos para transformar su debilidad en calidad. La búsqueda del crimen perfecto a través de las matemáticas y la relación de fascinación entre un profesor (John Hurt, que se asemeja cada vez más a Charlotte Rampling) y un alumno que sabe demasiado (Elijah Wood, que debería cambiar un poco de registro) constituye con todo un tema interesante a condición de proponer una fórmula diferente de las ya propuestas. Esta no ha sido precisamente una de las mejores adaptaciones de Alex de la Iglesia, pese a la seriedad con la que ha respetado la novela del escritor argentino Guillermo Martínez. De vez en cuando roza la filosofía de Wittgenstein, aunque tampoco con la seriedad que podría hacerlo.

Los crímenes de OxfordLa puesta en escena está preñada de planos-secuencia completamente inútiles, la virtuosidad al servicio de sí misma es una trampa en la que el director ha caído con demasiada facilidad. La deuda con el cine de Hitchcock es torpe, sobre todo con la repetición de escenas enteras (El hombre que sabía demasiado) o de las ideas que hay prestadas de La cuerda. Los papeles secundarios sirven para dar falsas pistas, haciéndonos perder el interés y los paréntesis eróticos hunden la trama en el ridículo. Sin su grupo de actores habituales, los diálogos pierden el encanto de la filmografía anterior del director español.

El resultado final es una especie de Cluedo que no está a la altura del cineasta ni tiene ningún interés para los aficionados. No parece una película de Alex de la Iglesia.

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