Los mundos de Coraline: otros mundos son posibles

Los mundos de Coraline, otros mundos son posibles

Título original: Coraline
Director: Henry Selick
Duración: 101 minutos
Género: animación, terror
Intérpretes (voces en v.o.): Dakota Fanning, Teri Hatcher, Dawn French, Jennifer Saunders, Ian McShane.
Trailer: Los mundos de Coraline
Crítica: Los mundos de Coraline
¿Debo ir a verla? ★★★★½ No sé si es perfecta o no, sólo sé que da lo mismo. Obra maestra.

Hay ocasiones en que una película consigue cautivar de una forma especial la imaginación del espectador. Para quien esto suscribe, Los mundos de Coraline de Henry Selick pertenece a esta categoría, una prodigiosa y siniestra, poética fantasía infantil que se desliza hacia derroteros terroríficos realmente deliciosos y definitivamente divertidos. Junto al Star Trek de J.J. Abrams, el mejor rato que un servidor ha pasado en un cine este año.

Los mundos de Coraline debería ser degustada en 3-d. La fisicidad de su maravillosa protagonista (una Coraline que desprende personalidad y chulería) y la del fantástico entorno creado por el director de Pesadilla antes de Navidad, hacen que la experiencia merezca la pena. Si no disponen de un cine habilitado con el sistema cerca, no pasa nada: la maravillosa música de Bruno Coulais y la extrañeza que se desprende del cuento original de Neil Gaiman les devolverán con creces el precio de la entrada.

Los mundos de Coraline es un film con valores que van más allá de los meramente técnicos. Su basamento argumental nos presenta a una niña a caballo entre dos mundos, del mismo modo que Guillermo del Toro en El laberinto del Fauno. Al igual que la Ofelia de ésta última, Coraline se fabrica un mundo a medida para huir de la mediocridad opresiva de su entorno. El problema es que, al igual que en la cinta del mexicano, ese mundo alternativo está revestido de un aliento siniestro y terrorífico que sirve de pistoletazo a la aventura. Selick dibuja la vida de Coraline en cuatro efectivos trazos que nos transmiten perfectamente la necesidad de explorar y conocer de la niña.

…Y la aventura, la ensoñación, no tarda en comenzar. El mago de Oz, la Alicia de Lewis Carroll… son relatos nos han llevado al otro lado del espejo. Dentro del laberinto lo hizo a ritmo de la música de David Bowie y las criaturas de Jim Henson. Con todas ellas Los mundos de Coraline parece compartir la tesis de la necesidad práctica de dichos nuevos mundos como mimesis y evasión para la mente libre, elevando su valor a la de una verdadera metáfora del porqué de la ficción y la búsqueda de un sentido primario al mundo que nos rodea -sin una finalidad clara al margen de la que nosotros le otorgamos-. Lo que hace Coraline es parte fundamental de la formación del ser humano: se está educando a sí misma, sea un sueño o no.

Neil Gaiman y Selick lo adornan todo, además, con unas gotas de las angustiosas suposiciones del doble, presentes en las teorías freudianas de lo siniestro (que encuentra lo terrorífico en lo familiar, doméstico). Coraline encuentra más allá de la puerta a unos dobles de sus aburridos padres, mucho más atentos y amorosos, pero con unos perturbadores botones en lugar de ojos, tan pendientes de ella que es ineludible  pensar que guardan algún secreto.

Pero no sólo de esto vive un film. Selick preña de referencias maravillosas toda la película. El enfrentamiento final entre Coraline y su nueva enemiga recuerda al de Ripley contra la madre Alien en Aliens, de James Cameron. La «infiltración» de una horrorosa mano en el mundo real que pone broche final a la aventura tiene una tensión inusitada en un film infantil. Por no mencionar cuando Coraline y el gato -criatura siempre a caballo entre dos mundos, desde tiempos egipcios- descubren los límites creados para la ocasión por la otra madre: Selick hace un guiño directo a Matrix y la escena en la que Morfeo y Neo se internan en la sala de carga, en otro hito de la creación de mundos en el cine reciente.

Todo ello en un cuento repleto de suspense, terror, humor, aventuras y sueño. Up de Pixar y Los mundos de Coraline van a figurar entre lo mejor del cine del año, de animación o no, con letras mayúsculas.

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