‘Melancholia’, la gran sorpresa de Lars Von Trier

Acostumbrados a lidiar con planteamientos interesantes, pero acompañados de artificios presuntuosos y vacíos, cuando nos enfrentamos al cine de Lars Von Trier, sorprende que la última de sus creaciones no responda a esa tradicional necesidad del creador danés por impresionar a través de propuestas radicales o polémicas. Y es que en ‘Melancholia‘ ya no hay rastro de los imperativos del Dogma95, del experimento brechtiano de ‘Dogville‘ o de la necesidad del exceso que se generaba en ‘Anticristo’. Todo en ‘Melancholia’ es delicado y profundo, bañado de una vocación romántica que se evidencia en la influencia pictórica (ese Brueguel con ‘Los cazadores en la nieve’) y en la reiteración de la poderosa sinfonía de ‘Tristán e Isolda’, de Wagner, que se recupera insistentemente a lo largo del metraje. Una obra nihilista sobre el sintentido de la vida y la necesidad de escapar al vacío, todo ello expresado a través de dos hermanas: Justine y Claire.

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Kristen Dunst como una 'Ofelia Muerta'.

‘Melancholia’ se encuentra dividida en dos partes. La primera de ellas, dedicada casi enteramente al personaje de Justine (Kirsten Dunst) nos recuerda en su puesta en escena a ‘Festen’ (‘Celebración’, 1998) de Thomas Vintenberg. Una boda donde las miserias humanas empiezan a regurgitar, filmada con cámara en mano… y, sin embargo, un planteamiento totalmente distinto. Justine es una publicista que acaba de casarse y se encuentra celebrando el banquete de bodas en el castillo de su rico cuñado (Kiefer Sutherland), pareja de su hermana Claire (Charlotte Gaingsbourg). Pero los hoscos comentarios de su madre (Charlotte Rampling) acerca del matrimonio desencadenan un antiguo mal que parece perseguirla. De este modo, intuimos que la melancolía forma parte de la personalidad de Justine, imposibilitada para seguir las normas sociales e integrarse en la comunidad. Así, el espectador presencia el desapego de este personaje de la realidad que le circunda, de manera progresiva y, como se verá, sin posibilidad de retorno.

La segunda parte del film se encuentra dominada por el personaje de Claire, contrapunto de su hermana. Esta mujer, madre de un hijo, es un ser apegado a la realidad por su imperiosa necesidad de seguridad. Ordenada, minuciosa y pragmática, su mundo se verá sacudido cuando descubra que un planeta llamado Melancholia está a punto de chocar contra la tierra. En esta tesitura, y ante la llegada de la catástrofe, será cuando Justine se crezca frente a la debilidad de su hermana. La colisión apocalíptica de la que habla la película bien podría leerse como una proyección del estado mental de la propia Justine, cuya voluntad de apartarse del mundo que la rodea es evidente. Sin embargo, el argumento, leído en su sentido literal, no hace que el relato pierda valía o matices. Al contrario, gana en perspectiva. De nuevo, recuperamos el ideal del nihilismo: el mundo no merece ser salvado, la vida carece de sentido.

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Las tres lunas de 'Melancholia'.

Además de un discurso lleno de vértices, destacamos que ‘Melancholia’ es un artefacto profundamente pictórico. Ello queda patente desde el inicio, con un prólogo grandilocuente dominado por el ralenti, donde se nos avanza lo que acabará pasando al final de la película. Podríamos decir que dicho prólogo presenta una analogía clara con el creado por Terrence Malick para ‘El árbol de la vida‘. Sin embargo, y mientras éste nos habla de la gracia de la creación, Las Von Trier es manifiestamente más pesimista, poniendo en escena un Apocalipsis estilizado. Por otro lado, son profusas las recreaciones de obras conocidas, destacando la influencia del prerrafaelismo victoriano de John Everett Millais, cuya ‘Ofelia’ entronca directamente con la imagen de una Justine vestida de novia deslizándose por un riachuelo.

Podríamos decir que, en la filmografía de Lars Von Trier, ‘Melancholia’ es su obra más existencialista, personal y madura. Aquella que no necesita de polémicas para impresionar, ni del artificio para que las imágenes, poderosas, permanezcan en el recuerdo hasta mucho después de que salgamos del cine.

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