Monstruos contra Alienígenas y la implantación del cine en 3D

Monstruos contra Alienígenas y la implantación del cine en 3D

La noticia es la que sigue. Monstruos contra Alienígenas se estrenó ayer en 538 salas de nuestro país. De ellas, 84 la están exhibiendo en el formato In Tru 3D (que evita los viejos errores de este tipo de proyecciones, como la fatiga ocular). Según Paramount, la distribuidora del film en España, esta cantidad de copias casi cubre completamente el parque de salas en 3D de nuestro país y logra estrenarse en más cines equipados para este tipo de proyección que cualquier otro film estrenado hasta la fecha (el record lo ostentaba la producción de Disney Bolt, lanzada a finales del año pasado). En los últimos meses se ha multiplicado el número de salas equipadas para la proyección tridimensional y la tendencia no va a frenarse, ya que hay grandes producciones procedentes de Hollywood que se planean estrenar únicamente en este formato. Y los datos de taquilla hablan por sí solos: una copia en 3D hace mucho más dinero que una digital o una tradicional en 2D.

Por tanto, parece que estamos ante un fenómeno evidente encabezado por esta simpática producción animada de Dreamworks, que tendrá en un futuro el privilegio de ser el primer film que muchos ciudadanos vieron equipados con las famosas gafas especiales. Ahora bien, me gustaría ir más allá de los interesantes adelantos tecnológicos y de las ventajas económicas de las tres dimensiones para centrarme en sus posibilidades artísticas. Si realmente estamos ante un momento trascendental en la historia del cine, debe serlo principalmente por las aportaciones que puede dar a la narrativa y a la expresividad de este arte. Si el cine ha llegado a nuestros días tal y como lo conocemos es gracias a los logros formales y temáticos conseguidos por los creadores. De no ser por ellos, el cinematógrafo habría muerto con su llegada a la feria del pueblo más recóndito. Las tres dimensiones pueden funcionar como un renacimiento de la condición feriante del cine. Pero no hay que asustarse, ya hubo otros momentos en que la historia discurrió de una manera similar, y al final el arte terminó por triunfar.

Recordemos la llegada del cine sonoro, a finales de la década de los 20 del siglo pasado. Más allá del impacto que supuso el oír hablar a los actores, la potencialidad expresiva que había alcanzado el lenguaje cinematográfico en films como El último (F.W. Murnau, 1924) o He nacido, pero… (Yasujiro Ozu, 1932), por no hablar de la obra de Chaplin o de los vanguardistas soviéticos, se empobrecía en productos musicales sin argumento o en comedias excesivamente dialogadas y en las que la cámara no podía liberarse del lastre al que la sometía la presencia de los micrófonos en el plató. La existencia de mentes privilegiadas terminó por dotar de posibilidades expresivas al cine sonoro, pero pasó un tiempo desde El cantor de jazz (Alan Crosland, 1927) hasta M. El vampiro de Düseldorff (Fritz Lang, 1931). Con el paso de las décadas, el sonido ha perdido definitivamente su condición de lastre, pero sigue estando generalmente subordinado a la imagen y pocos realizadores (la mayoría de ellos pertenecientes al ámbito del cine de autor) han intentado explotar sus cualidades exclusivas e independientes.

La segunda gran revolución cinematográfica fue la llegada del color. Esta vez el orden de las cosas no se vio demasiado afectado. El tipo de producción que se había elaborado hasta el momento podía seguir existiendo (y aún lo hace) y los cambios no afectaban a parcelas como la distribución o la exhibición. El problema artístico se resolvía desde el primer momento con la brillantez de obras como El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). El asunto se complicó solo a raíz del triunfo de la televisión. Entonces el cine tuvo que recurrir a la tecnología (en aquella época se inventaron formatos de película como el Cinerama) en busca de unos espectadores que irremediablemente perdía. La llegada del 3D puede entenderse en términos semejantes, ya que actualmente los hogares se van poblando de pantallas LCD capaces de transmitir una experiencia cercana a la de las salas de cine y el acceso a las películas es casi ilimitado gracias a Internet.

Volviendo sobre la noticia, ¿merece Monstruos contra Alienígenas este papel relevante en la evolución de la tecnología cinematográfica? La respuesta es un no con matices. Está claro que estamos ante un film bastante simple, más simpático que gracioso y algo soso en su homenaje a los clásicos de la ciencia-ficción de serie B. Tal vez este papel trascendente lo debiera haber jugado Up, ya que dentro de unos meses Pixar probablemente volverá a demostrar que camina unos cuantos pasos por delante de Dreamworks en cuanto a la calidad de sus obras animadas. Sin embargo, todos eso es intrascendente (y a estas alturas inevitable) ante la duda de si la cinta doblada por Reese Witherspoon y Hugh Laurie aprovecha las posibilidades del 3D. En este caso la respuesta es un no sin matices. Se hace demasiado evidente el film en sus (pocas) tentativas de jugar con el formato, quedando la sensación final de que hemos visto una película «normal», solo que en tres dimensiones (me parecía más cercana a obtener resultados interesantes la reciente U23D, condenada a una cierta intrascendencia por su condición de película-concierto).

¿Cuándo llegara esa obra que nos haga vislumbrar por fin las posibilidades creativas del cine en 3D? No lo sabemos, y tal vez Pixar no sea en este caso la respuesta a nuestras plegarias. En principio podría ser Avatar, de James Cameron, la que dé el paso adelante. La ya anunciada como película más cara de toda la historia me inspira cierta confianza por el bagaje anterior de su realizador (recordemos la novedosa y perfecta introducción de los efectos especiales por ordenador de la secuela de Terminator), que ha anunciado que ver su película en este formato es la única manera de comprenderla. Lo cierto es que estamos ante un panorama interesante e incierto, y es que las tres dimensiones también podrían acabar ayudando a los mejores creadores experimentales a llevar este arte a territorios inexplorados.

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