‘Nebraska’ de Alexander Payne, o América era él

Alexander Payne se descuelga con su mejor película en ‘Nebraska’, un soberbio y, de alguna manera, contenido ejercicio de drama y comedia en el que brilla por derecho propio un grandísimo Bruce Dern.

Nebraska, de Alexander Payne

Con muy pocas películas este año me ha apetecido sacar las trompetas tanto como con esta ‘Nebraska‘, de Alexander Payne. A lo mejor con ‘Dolor y Dinero’, de Michael Bay (menuda combinación), película con la cual la presente tiene algún que otro punto de conexión. Y es que ese rostro arrugado y ausente que luce Bruce Dern en la película de Payne parece la otra cara de la moneda de los musculosos descerebrados de Bay, que como Jordan Belfort en ‘El Lobo de Wall Street’, encarnan de manera grotesca o exagerada los fantasmas de un gran sueño, el americano, que con el cuento a pie de calle del director de ‘Entre copas’ pone los pies en el suelo.

La aportación de Bruce Dern a la película merecería todos los premios europeos y americanos creados por el ser humano. Su composición de un hombre perdido en sus propios fantasmas, autista y alcohólico, tan insoportable como entrañable, de pasado insondable pero a la vez meridianamente claro, se aleja de todas las cintas de protagonista antiheroico habidas y por haber. Bien es cierto que la discreta aportación de Will Forte como su hijo, siempre en un aparente segundo plano pero a la vez proporcionando un punto de agarre bien claro al espectador, resulta fundamental y probablemente sea inmerecidamente olvidada. Pero la de Dern es una de esas actuaciones que expanden una película: no sólo funciona a un nivel emocional y para contar la historia, la de la relación paternofilial que propone la película, sino que se mueve sobre todo en el terreno de la figura retórica pura y dura.

Y es que (¿spoiler?) Dern es América. Una América profunda y vacía, sumida en el invierno, llena de remolques y casas viejas (esas que construyeron tus bisabuelos), alejada de las bulliciosas ciudades y que se limita a ver pasar los coches por la carretera, a relatar cuentos del pasado sin evocación y solapada autocrítica, que se aferra a un sueño mientras todo lo demás muere. Por eso, ‘Nebraska‘ es el retrato de un buen hombre (o un hombre normal) estropeado por una vida de alcohol y desidia y la complicada relación con él de su hijo, incapaz de establecer ya conexión alguna. Pero a lo mejor  significa algo más. La adscripción de la película al subgénero de la road-movie, y también al todavía más americano relato de «regreso al origen», no podía aclarar mejor las raíces míticas del relato. Payne trabaja con símbolos populares y patrióticos. Pero los aborda con tal afán minimalista y naturalismo que puede que se nos escapen en toda su dimensión. El director concibe la película como un retrato sutil de personajes realizado con su habitual perspicacia y tono, es decir, repleto de tanta mala leche e ironía como compresión y dulzura, buscando ese contraste de un caramelo amargo y sin decir al espectador qué tiene que pensar, pero tampoco angustiándolo innecesariamente. Hasta aquí, como siempre ha hecho.

Claro que, por el camino, nos enseña ese abismo infinito de la América de remolque, un país de pueblos vacíos en eterna recesión pero en la que todavía es posible una mirada comprensiva a todos los que la pueblan, y en la que los detalles cotidianos todavía tienen valor redentor (pese a ese instante, memorable y que parece una constante de su autor, con los personajes mirando absortos una sitcom). Alexander Payne firma su mejor película con ‘Nebraska‘, la más aparentemente antipática por alejarse del star-system que sí tenía, por ejemplo, ‘Los descendientes’ con George Clooney, pero a la vez la más refinada e infinita en sus interpretaciones y niveles, tanto en los subterráneos como los más evidentes.

Pese al blanco y negro de su excelente fotografía, existe todavía cierta épica y dignidad en las calles desoladas que retrata la película (excelente trabajo de su habitual Phedon Papamichael, por cierto). Payne se trabaja todos los motivos del melodrama en una película en ela que no falta el humor, ni un pequeño enemigo al que batir, como tampoco alguna que otra aventurilla, pero sin caer en el aburrimiento ni en falsos ejercicios de estilo, retratando con autenticidad un puñado de familias disfuncionales e implicando al espectador en esa relación imposible sobre la que al final bascula todo. Todo ellocon un minimalismo bastante brutal incluso para los estándares del «indie», pero al final enormemente expresivo. Con un humor cándido pero áspero, con esperanza y muchos detalles para consolar al espectador en medio de ese crepúsculo americano.

Nebraska‘ no es una película fatalista, sobre la muerte con mayúsculas, ni una que quiera echar abajo los cimientos del país o disolver la psicología de sus personajes. Algunos la acusarán por ello de conformista o poco arriesgada. Al fin y al cabo y como en todo melodrama, en ella todos obtienen su segunda oportunidad, los héroes encuentran su momento para resurgir y reescribir su leyenda, para después perderse de vista cabalgando hacia el horizonte. Pero no tengo ninguna duda: se trata de la gran película americana de la presente temporada, de la anterior y de la que viene.

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