SEFF’14: Alba Rohrwacher impresiona en la pesadilla sobre la maternidad ‘Hungry hearts’

La actriz realiza una memorable interpretación. Los nuevos trabajos de Pedro Costa y Larry Clark se presentan a concurso

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Prosigue la competición del SEFF 2014, y lo hace mostrando una variedad de registros insólita para este festival. El nivel de los títulos a competición está siendo casi en todos los casos realmente elevado, lo que sin duda pondrá en apuros al jurado internacional encabezado por el director español Carlos Vermut, que el próximo sábado anunciará su palmarés.

Hungry hearts funciona como una perfecta pesadilla propia de la vida moderna. Tras un prólogo cómico, en el que vemos a la pareja protagonista conocerse tras quedar encerrados en un baño, surge de forma sorprendente un drama literalmente terrorífico, o al menos así es como lo plantea desde la puesta en escena el italiano Saverio Constanzo: cuando los protagonistas finalmente son padres, Mina, vegana, se obsesiona con la pureza de su bebé, lo que puede poner en peligro la vida del niño, algo que Jude intentará evitar aunque ello suponga el fin de su relación y la degeneración del estado de locura de su propia mujer.

No funcionaría como lo hace la cinta de no ser por la increíble labor de Rohrwacher y de su coprotagonista Adam Driver (‘Girls’), en un proyecto mucho más pequeño que los que le esperan en el futuro al actor. Como mencionaba antes, Constanzo introduce los códigos estéticos del cine de terror a medida que avanza el relato, lo que provoca una enorme extrañeza al tratarse de un título fundamentalmente realista, o al menos así lo parece en su punto de partida. Esos contrastes tonales y esa historia de maternidad obsesiva te atrapan hasta llegar a un tramo final que puede resultar más discutible, aunque me atrevería a decir que ello formar parte del juego planteado. Clara candidata al palmarés.

Había expectación ante Cavalo Dinheiro, el nuevo trabajo premiado en Locarno de Pedro Costa, que llevaba algunos años sin dirigir un largometraje. Del autor, uno de los más respetados por la crítica mundial de la cinematografía portuguesa, se pudo ver el año pasado en el SEFF su fragmento para el film colectivo ‘Centro Histórico’. Lo que trae este año es una vuelta de tuerca sobre el mismo tema (con tramos coincidentes, de hecho): los fantasmas de Ventura, el caboverdiano que ha protagonizado buena parte de su filmografía, se le aparecen en espacios simbólicos, recordándole su vida en la colonia, su participación en la Revolución de los Claveles o las condiciones de su existencia como obrero en Portugal.

Costa es uno de esos directores elegidos cuya obra se puede identificar mirando un único plano. Su dominio de la composición de claroscuros , que dejan a sus personajes sumidos en la penumbra, es arrebatadora, y también le son propias esas voces susurrantes que aterran a Ventura. No es un cine para cualquier paladar y de hecho hubo deserciones durante la proyección, pero es innegable la mano del cineasta para llevarnos a un lugar indeterminado y lleno de dolor y complejidad, un laberinto de recuerdos y anhelos de naturaleza puramente cinematográfica.

Costa podía ser un director más o menos previsible en la programación teniendo en cuenta el gusto del equipo de José Luis Cienfuegos, pero la inclusión de Larry Clark con The smell of us, primer trabajo europeo del director norteamericano, que llenó muchos párrafos de revistas especializadas hace una década, ha resultado más sorprendente. La cinta no difiere en demasía de las obras previas de su realizador. En ella, vemos a un grupo de jóvenes skaters drogarse y practicar el sexo desenfrenadamente y en ocasiones por dinero (para comprar ropa cara, claro). Cuando aparece algún adulto en pantalla, su actitud es igual o peor, ya que son víctimas de lo que se describe como una patética decrepitud. Que la cosa no puede acabar bien para los jóvenes es evidente.

Me resulta difícil creer que a estas alturas pueda resultar demasiado impactante a nadie el cine de Larry Clark. Sus provocaciones no han evolucionado demasiado, y palidecen ante las impactantes imágenes que proponen otros cineastas contemporáneos. Como decía, no hay evolución en su obra, que insiste en señalarnos que la bajeza moral de nuestra civilización ha llegado a un punto de no retorno. Si le quitas las imágenes grabadas con teléfono móvil (como si nadie más las hubiera metido) y el idioma, la podríamos confundir con ‘Ken Park’. Por lo menos no aburre del todo, y eso es gracias a su ritmo frenético y a la selección musical, que proporciona a través del enfrentamiento con las imágenes los únicos momentos inquietantes del film (en especial cuando suena el ‘Ring them bells’ de Dylan en una secuencia de discoteca de lo más sexual).

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