‘The Amazing Spider-Man 2’, el mayor culebrón de la historia

‘The Amazing Spider-Man 2’, al margen de su confusa narrativa, de la mediocridad de sus villanos, acierta en algo fundamental.

Crítica: The Amazing Spider-Man 2

Los cómics del Hombre Araña siempre han tenido mucho de dramedy o de culebrón sentimental. Lejos de la invulnerabilidad de otros superhéroes, aderezados con conflictos psicológicos mas o menos profundos, la historia de Spider-Man siempre ha sido la de Peter Parker, al fin y al cabo un adolescente atribulado que combate con buen humor a unos enemigos que casi siempre nacen de su entorno doméstico, de su círculo más cercano. Un joven huérfano con un perpetuo sentimiento de incertidumbre o pérdida que se ve perseguido por ese dilema moral casi primordial, la de la pérdida de la figura paterna, al tiempo que trata de resolver cuestiones más mundanas, como por ejemplo, conservar a la chica más guapa del instituto que tanto le ha costado conseguir. Una encrucijada que, por mucha fantasía que intermedie, se antoja como bastante real y cercana.

Digo esto porque, dejando de lado sus múltiples y abundantes defectos cinematográficos, me parece que ‘The Amazing Spider-Man 2. El Poder de Electro‘ funciona maravillosamente con tal cosa, como un serial cinematográfico cuya sustancia podría servir perfectamente para una temporada entera de una serie televisiva, y que aquí aparece brutalmente condensada en un largometraje bastante extenso de 140 minutos. La película de Webb incorpora todo tipo de idas y venidas sentimentales cortesía de los dos amantes adolescentes, ahonda en el trauma de la orfandad de Peter Parker (y compara su pérdida con otra similar, la que experimentará su amigo Harry Osborn), plantea una amistad masculina que está destinada a convertirse en antagonismo, aborda de manera episódica la vida familiar del protagonista… y eso sólo sin contar los personajes secundarios, que naturalmente también sufren su propio conflicto, esté mejor o peor reflejado en el montaje de la película.

Sin duda, mucha tela que cortar para una cinta de aventuras, aunque quizá no estemos (sólo) ante eso que esperamos de una espectacular adaptación de cómic. Creo que la mejor manera de disfrutar ‘The Amazing Spider-Man 2‘, y yo quiero hacerlo, es la de comprender la película como un brutal y colorista retrato de personaje en la medida que lo fueron brillantes aportaciones de Christopher Nolan a la mitología del Caballero Oscuro. Un retrato de personaje complejo e infantil a la vez, tan contradictorio como el propio Peter Parker y sus máscaras. De ese modo, y más que un vibrante thriller de aventuras como pudo ser la secuela ‘Capitán América: Soldado de Invierno’ o el nuevo paradigma que significó ‘Los Vengadores’, estamos ante un gargantuesco dramedy en clave de blockbuster de doscientos millones de dólares, de colorista comic de aliento pop. Sin la inteligencia y densidad de Nolan (mejor no, por Dios), pero con la sensibilidad juvenil que aporta su reparto (Emma Stone y Andrew Garfield siguen siendo el mayor acierto de los productores), la película es probalemente el más caótico, confuso y a la vez fascinante cartoon salido recientemente de las páginas de la Marvel y plasmado en celuloide tridimensional.

Dejando al margen la necesidad del reciente reboot auspiciado por Sony y dirigido por Marc Webb (créanme que era necesario, por mil razones industriales), ‘The Amazing Spider-Man 2‘ continúa la misma vía de la primera, por lo que no convencerá a nadie que odiase el anterior trabajo del realizador. Esto es, énfasis en la historia de amor y el conflicto psicológico del héroe sin dejar de lado el humor o la fantasía, pero en un tono menos burlón que el aportado por Sam Raimi en su trilogía original. A Webb se le da mejor el tema romántico que la fantasía, eso lo sabíamos ya, y se le sigue viendo incómodo cuando toca justificar la tecnología y la ciencia ficción que componen también el complejo mosaico de la historia. La película cambia de tono constantemente (al igual que la banda sonora de Hans Zimmer y otra media docena de compositores), dibuja la evolución de sus villanos a trompicones, y da síntomas de demasiadas intromisiones de su estudio y un equipo de producción que se ha impuesto llevar la franquicia más allá de lo habitual para competir con la mastondóntica maquinaria de Marvel Studios y Walt Disney, creadores de todo el universo de ‘Los Vengadores’.

Pero la película también da síntomas de genialidad en su acepción más convencional, y deja imágenes para el recuerdo como ese instante casi final, de infinita emotividad y crueldad, en el que el tiempo del héroe parece detenerse para siempre. Ni siquiera entonces ‘The Amazing Spider-Man 2‘ guarda más de dos minutos de luto, porque la vida sigue igual, o como haría un culebrón televisivo o serial radiofónico -o atención, un cómic- lo que toca es tirar para delante pese a las inevitables bajas. Lo que quiero decir es que nada en la película oculta el carisma del mundo de Spider-Man, que siempre fue más sentimental que aventurero, e incluso sus abundantes excesos y errores provienen de lo que considero la esencia del personaje: la sublimación de la fantasía adolescente del hombre niño que todavía soy y que, a este paso, quizá siempre seré.

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