No tengas miedo al ridículo

Para no sentir ridículo nada como actuar con naturalidad y aprender a reírse de uno mismo.

La risa es la mejor de las terapias ante la verguenza
El miedo a decir una tontería y que alguien se ría de nosotras, a hacer algo inapropiado delante de gente que apenas conocemos o a provocar una situación embarazosa puede resultar paralizante.

La mayoría de las veces sucede a personas tímidas o algo inseguras, que temen asumir ciertos riesgos por miedo a que alguien descubra una vulnerabilidad o un defecto, que la mayoría de veces sólo existe en su imaginación, pero no son las únicas. Sobre todo quienes son muy exigentes consigo mismos o luchan por mantener una imagen impecable teme por igual el escrutinio del ojo público.


Lo mejor para cambiar es replegar las antenas, es decir. El primer paso es bajar el nivel de alerta e intentar vivir con mayor naturalidad. Tener un poco de vergüenza es, en sí mismo, un signo de madurez en contraposición con el desparpajo y falta de pudo de los niños o el arrojo de los adolescentes. De hecho, es el sentido del ridículo lo que ayuda a encontrar el equilibrio entre la prudencia y el atrevimiento.

Se suele decir que la vergüenza es la emoción de la inferioridad. El sentido del ridículo nos acecha cuando pensamos que las personas que nos rodean pueden construir una opinión negativa de nosotros, pero ¿desde cuándo lo que piensan los demás es más importante que lo que, en realidad, somos? También conviene recordar en este sentido si merece la pena avergonzarse de nosotros mismos.

Por otro la cuando te intimiden las miradas de los demás o notes que te has puesto colorada, busca la parte cómica de la situación. Nadie se tomará la molestia de juzgarte con severidad si tú reaccionas con naturalidad y buen humor. Lo importante es reaccionar de tal manera que, no nos sonrojemos ante nosotros mismos.

Además hay que tener en cuenta que “el que tiene boca se equivoca” y también podemos meter la pata o equivocamos y sentir vergüenza por ello en el fondo es de humanos, aunque lo importante es saber reaccionar. Es decir cuando cometemos un desliz es de mal gusto no asumirlo y culpar a otros, tampoco hay que enfadarse de los que se ríen de nuestro lapsus. La mejor forma de quitarle hierro al asunto es aceptar nuestra vulnerabilidad y encajarlo con humor. Y es que reírse de uno mismo incluso metiendo la pata es la mejor de las terapias.

Imagen | Naturaleza

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