Ellos y ellas, diferencias de género en una discusión

¿Qué hay de cierto en eso de que las mujeres están más insatisfechas que los hombres en sus relaciones de pareja?, ¿es verdad que ellos tienden a evitar hablar de los problemas conyugales cual avestruz con la cabeza bajo tierra, mientras que ellas examinan cotidianamente los fallos de dicha unión?. Parece que habría algunas variables biológicas para explicar estas diferencias de género en cuanto a la percepción de estabilidad marital, a las que habría que añadir los patrones culturales comúnmente asociados a ambos sexos.

Una de las críticas asociadas a las diferencias de género que con más frecuencia se escucha es «las mujeres siempre están insatisfechas con lo que les damos», -dicen ellos; «los hombres nunca quieren hablar de los problemas», -dicen ellas. Pero, ¿hay algo de verdad en estas afirmaciones generalizadoras?, y ¿en caso de existir estos contrastes entre los dos sexos, cómo podrían explicarse científicamente?. Pues bien, parece ser que la respuesta podría hallarse en el sistema nervioso autónomo del cerebro.

Resulta que el hombre muestra cambios más intensos en lo que se refiere a la actividad autonómica ante el estrés, es decir, que el aumento de la tasa cardiaca, la dilatación de la pupila, la sudoración etc., se dan más fácilmente e intensamente en ellos que en las féminas, y además tardan más en recuperarse y volver a un estado de relajación. Si tenemos en cuenta que no es plato de gusto sentir como el corazón se te sale por la boca o te sudan las manos con relativa facilidad, cabría esperar que los varones peor preparados biológicamente para afrontar esta actividad autonómica, se mostraran más inclinados a evitar todas aquellas situaciones asociadas a un alto nivel de activación, como por ejemplo determinadas discusiones de pareja.

Según estos datos, el sector masculino tendería a crear un clima más conciliador y menos generador de conflicto, y si éste empezase, tendería a retirarse antes que sus análogas femeninas, las cuales interpretarían este hecho como el juego del avestruz «esconde la cabeza bajo tierra y evitan afrontar directamente los problemas». De la misma forma, sería más probable que las damas buscasen la confrontación y la comunicación, ya que por naturaleza al estar mejor dotadas para sobrevivir en tales situaciones, serían capaces de mantener durante más tiempo una conversación en la que el nivel de tensión aumentara. Esta asimetría al final se traduce en cotidianeidades opuestas tales como «él evita hablar, me deja con la palabra en la boca y me dice que no le de más vueltas cuando apenas hemos hablado del problema» y «ella no busca más que peleas, está siempre sacándole punta al lapicero».

Por otra parte, en cuanto al nivel de satisfacción con la relación de pareja también se han encontrado diferencias. Estadísticamente parece que son las mujeres las que están más insatisfechas con la relación que mantienen. Para el psicólogo Robert Sternberg, ellos tiene una mentalidad más abstracta (le dan más importancia a cómo deberían ser las cosas) y las mujeres más concreta (a cómo realmente son). Otra razón es que ellas son más claras, críticas y exigentes, mientras que los hombres perciben su unión de manera más positiva y tienden a negar los problemas existentes. En definitiva, el resultado es que hay mayor decepción entre las mujeres.
Muchos diríamos que en esto, además de la posible mano de la biología, asoma la influencia de la cultura y los patrones comúnmente asociados a ambos géneros, donde la mujeres se han sobrecargado de tareas (cuidado de los niños, labores domésticas, trabajo fuera de casa) y además se les ha asignado la función de evaluar de vez en cuando cómo va la comunicación en la pareja, representando así a la profesora insatisfecha con las notas del alumno. Él, con menos funciones y más relajado, intenta transmitirla dicha tranquilidad, a la cual ella asiste atónita cuando ve todo lo que queda por hacer y resolver.

Sean cuales sean los factores que intervienen, lo que está claro es que una insatisfacción permanente acaba pasando factura y provoca un gran desgaste en la relación. Queremos transmitir un poco de optimismo y matizar que es conveniente también poner la atención en lo que se tiene, no sólo en aquello que no se logró. Para desdramatizar y neutralizar los efectos de esas decepciones ante las expectativas frustradas por lo que no se ha alcanzado, puede ayudar tener en cuenta que:

  • Existe una ley universal que afecta a las personas y a las cosas llamada «entropía». Es la tendencia al desgaste, al deterioro, a la pérdida. Así es, los seres humanos también nos desgastamos y las relaciones también. Desgraciadamente esa tendencia resulta inevitable, lo que no significa que tengamos que asistir a ella de manera pasiva y resignada, sino potenciando siempre lo que aún perdura y revitalizando la salud y los vínculos todo lo posible, asumiendo las limitaciones que el transcurrir de los años conlleva.
  • No olvidemos que la decepción puede estar más provocada por la mente del decepcionado que por la realidad, es decir, que a veces distorsionamos los acontecimientos, magnificando los fallos del otro y buscando un nivel de exigencia inalcanzable. Es inmaduro pretender un mundo idílico e inamovible.
  • Todos somos sujeto y objeto de decepción: nos decepcionan los otros, pero nosotros también decepcionamos. Una relación sana y equilibrada ha de estar entrenada en la tolerancia. Puedo pedir, pero no exigir, puedo tener preferencias, pero me sentiré frustrado si las convierto en necesidades.
  • Las decepciones se compensan con los descubrimientos: Una persona puede defraudar en muchos aspectos, pero también ofrece otros interesantes, quizá menos visibles, aunque igualmente importantes. Estamos más acostumbrados en detectar minuciosamente cada falta del otro que en registrar cada logro o virtud, y esto hay que cambiarlo.
  • La decepción puede esconder otros problemas: incomunicación, mitos o falsas creencias acerca del amor, dependencia, etc. que podrían solventarse hablando y negociando. La relación amorosa es un continuo campo de fuerzas en el que los aspectos negativos pueden neutralizarse si se actúa en dirección constructiva, positiva y resolutiva (con qué contamos versus qué hemos perdido).

Foto1: darkhorse1974
Foto2: La Manzana Digital

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