La Amistad

amistad

Si tuviera que escoger la relación más pura de entre todas las existentes en este mundo, sería sin duda la amistad. En ella se dan los sentimientos más íntegros, los valores más fundamentales, y las emociones más sinceras.  Es un cielo bien abierto al que mirar cada vez que lo necesites. Es un mar muy ancho -casi infinito- que te arropa con su agua cada vez que sientes te perdido. Es el aire, ese aire eterno que te envuelve cada vez que sientes miedo. Y es un puente. Un puente que conecta todos esos elementos entre sí, dándolos la oportunidad de hacer que la amistad sea la relación interpersonal más grande, completa, sincera e importante de nuestras vidas.

Dicen que el valor fundamental de la amistad es la confianza. Yo pienso que la amistad es algo tan grande, que todos los valores que la constituyen son fundamentales. La confianza, como el poder -y la necesidad- de abrir de par en par tu corazón. La coherencia, como representación de lo que realmente somos, de que nos mostramos sin tabúes, sin tapujos, a cara lavada y el pecho descubierto. La flexibilidad, como la adaptación ante los cambios y ante la evolución, porque lo importante no es quererse, sino aceptarse. La comunicación, como el medio sincero en el que nos mostramos, a través del que intercambiamos y transmitimos nuestro sentir. La generosidad, como el todo por el nada, el más puro valor, en el que nada se pide y todo se da. Y el agradecimiento, como la consecuencia más sincera e íntegra de todos los valores mencionados anteriormente.

Siempre me pregunto si el concepto de amistad varía con el paso del tiempo, de las costumbres, y de los medios. Dado el ritmo frenético en el que nos hemos involucrado hoy en día, ¿es posible tener amigos de verdad, sin tiempo para cuidar y cultivar? Y aún más preocupante para mí, el egoísmo que inunda la sociedad actual, porque ¿se puede llegar a una relación de amistad verdadera, aunque sólo tenga un ligero matiz de egoísmo por alguna parte? Si bien es evidente que podemos -en mi opinión debemos- vivir nuestra vida con la máxima intensidad posible y disfrutar del momento junto a los que más queremos, podemos caer en el error de confundir el concepto de amistad, al menos del sentido más puro de ésta. Porque como oí alguna vez por ahí: «Puedo contar mis verdaderos amigos con los dedos de la mano, y me sobran».

Es muy probable que tengan razón aquellos que opinan que cuánto más bueno es alguien, más daño se le puede hacer -y de hecho se le hace-. Algunos añaden al respecto que hay que tener presente una barrera indestructible, un ligero matiz de maldad, o una noción de inmunidad ante todo aquello que puede traspasar los ámbitos más cercanos al corazón. Pero no estoy de acuerdo. De todo aprendemos en esta vida, y si hay algo que aprendemos es a ser constantes, fieles a nuestra verdad, a nuestros principios y credenciales. Por lo que yo, personalmente, me decanto por tener a mi lado -muy, pero que muy cerca- a mis amigos de verdad. A aquellos que no se les llama, porque están. A aquellos que no se les extraña, porque se sienten. A aquellos que no se les explica, porque saben…

A Natalia. Porque permitirme un pequeño homenaje, un justo tributo y un gran agradecimiento. Porque ella siempre estuvo ahí. Aún cuando yo no. Porque las personas buenas, desprenden sensaciones buenas. Porque los que lo dan todo y no piden nada, son regalos de la vida. Porque miro a ese cielo siempre que lo necesito. Porque me arropa ese mar cada vez que me siento perdida. Porque  me envuelve ese aire cada vez que siento miedo. Y porque ese puente que creamos hace ya muchos años atrás, con el paso del tiempo se vuelve si cabe, más y más indestructible.

Foto | flickr

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