Cuando una pareja aporta hijos de su anterior relación

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En la medida que los divorcios se van haciendo más frecuentes, las mujeres y los hombres, habitualmente volvemos a emparejarnos, y de estas uniones nacen hijos que en la mayoría de los casos no sabemos dónde ubicar.

Los míos, los tuyos, los nuestros. Ahora los niños tienen hermanos por parte del padre, por parte de la madre, por parte de la segunda pareja del padre, sobrinos que son hijos de medios hermanos y hermanastros con quienes no tienen lazos sanguíneos pero sí convivencia.


Madrastras que en algunos casos no se parecen a las de los cuentos y padrastros a quien quieren y a veces pierden en el último divorcio de la madre. ¡Vaya caos¡¡. ¿Cómo hacemos cuando una nueva pareja aporta hijos de sus anteriores relaciones?.

Poniéndole el toque de humor, es como jugar al ‘quién es quién’. (No me extraña que la Iglesia Católica diga que somos ‘fenómenos sociales’ aunque no marginados). Bromas aparte.

En este rompecabezas familiar ya no podemos organizarnos según los lazos de parentesco físico sino según los vínculos afectivos que se establezcan de muy variada forma. Esa es la historia. Ya no se funciona ni se estipula quién funciona como padre, hermano o tío según la herencia sanguínea, sino que aquel que esté dispuesto a cumplir su función,  y simplemente la asume sin más.

Para los niños pequeños todas esas cosas son más sencillas. No tienen tanto problema como pensamos, los niños no tienen problemas en querer a dos, veinte o doscientas personas. En la mayoría de los casos somos las personas adultas, a quienes nos resulta más complejo admitir dentro de nuestro circuito afectivo a más individuos que los que habíamos calculado o queremos.

La clave es tratar de entendernos. Por ejemplo, los hijos de nuestro conyugue tienen otra mamá u otro papá, por lo tanto, tienen modos distintos habituales, como en la comida, en hablar por teléfono, de estudiar, de ordenar sus cosas o de enfadarse.

Las reglas que decidamos instaurar para la nueva convivencia deberían ser acordadas al menos entre los adultos y si pretendemos que los niños modifiquen conductas o maneras de relacionarse dentro de casa, tendremos que explicar claramente cuáles son los motivos, escuchar lo que ellos tienen que decir e intentar acercar posiciones.

Hay que intentar tener una capacidad de adaptación puesto que ensamblar una familia es integrar miembros que no estaban presentes al inicio de la relación provisional. Los hijos de la pareja van apareciendo bajo cierta distancia. Pero en la convivencia, están presentes.

Por lo tanto, unos y otros hay que poner de mucha voluntad y muchas pruebas de generosidad, adaptándonos a los ritmos, culturas, modos de actuar, necesidades y prioridades de los nuevos miembros.

Y cuando salgan momentos de crisis en la pareja derivadas de la adaptación de los demás miembros de la familia, pensemos que estamos en proceso de adaptación y solo si la pareja adulta cultiva el diálogo y la escucha mutua en forma permanente, este juego de quién es quién, termina siendo positivo.

Imagen | Pekebebe

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