Está comprobado, del amor al odio hay sólo un paso

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Si ya lo decían nuestras abuelas: «del amor al odio, hay sólo un paso». Y esta frase, además de mucho de antiguedad, tiene mucho de cierto. Se ha demostrado recientemente que esta frase cuenta con una base científica, fruto de una serie de estudios neurológicos que han descubierto que hay zonas del cerebro que se activan tanto si la persona experimenta sentimientos de amor, como si éstos son sentimientos de odio.

En concreto, la zona cerebral denominada ínsula, relacionada con las emociones primarias, permanece en activo al amar y al odiar. Del mismo modo, «perder la cabeza por amor» tiene su justificación científica, ya que hay determinadas zonas del cerebro que se desactivan cuando una persona demuestra su cariño a otra, y están relacionadas con aquellas áreas donde se producen los juicios sociales y morales y el razonamiento.

Estas investigaciones han sido posibles gracias a la utilización de técnicas de neuroimagen que escanean el cerebro, lo que indican en qué zonas se está dando actividad y en cuáles no. Estas técnicas nos explican cuándo pasan cosas en nuestro cerebro, lo que ha desechado la idea de que el funcionamiento de la mente se limite en exclusiva a procesos cognitivos.

Otros experimentos en la materia han sido realizados en base a la admiración y la compasión. Los resultados a estos experimentos han permitido saber que cuando estas emociones están vinculadas a algún factor físico -como admirar la belleza de alguien-, activan zonas diferentes del cerebro que cuando están relacionadas con un factor psicológico -como sentir pena por una persona a la que han echado de su trabajo-.

Esta diferencia de funcionamiento del cerebro respecto a si la admiración o la compasión se produce por algo físico o psicológico, indica que el cerebro cuenta con el sustrato biológico de haz a los demás lo que quieres que hagan contigo. Siguiendo con las emociones primarias, otras investigaciones han decidido centrarse en el miedo y se han obtenido resultados que indican que el cerebro de una persona reacciona cuando ve una expresión de miedo en la cara de otra persona, algo que se produce en muchas ocasiones de forma subconsciente.

Imagen | Soraya CP

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