Cuando las luces del deseo se apagan

Cuando un tercer miembro se suma a la pareja, la relación se desenfoca. Ahora el hijo se convierte en protagonista y el padre pasa a un segundo plano. En esta entrada revisaremos el destino del hombre casado.

Si uno se pone a analizar, en frío, el destino que corre un hombre, podría sentir compasión por él. Veamos el panorama general. El hombre joven sale, se divierte, disfruta de su soltería, tiene novias o parejas eventuales, disfruta en plenitud de la potencia sexual que la naturaleza le ha conferido. Conforme va a avanzando en su vida, se vuelve más estable, sentimentalmente hablando, quizá ya no acometa la noche con tantos bríos y no conozca tanta gente nueva. Por estas mismas épocas es muy factible que se involucre en una relación con una pareja estable y llegue a consolidar un noviazgo. El joven ha madurado y ya está en sus treinta, la familia de su pareja ya es conocida para él, comprarte tiempo con ellos y las puertas detrás de él se van cerrando lentamente, casi sin que se de cuenta. Su propia familia colabora en este proceso y la pareja parece ser feliz. Cuando ya se acerca el primer quinquenio de relación formal, ambas familias empiezan a mandar señales y comienzan a ejercer presión para institucionalizar la unión en matrimonio. El joven pide la mano de la chica y las puertas tras él quedan cerradas. Aún no hay pánico, las luces permanecen encendidas y todo parece felicidad. Ambos trabajan, les alcanza para vivir cómodamente y deciden gastar un buen dinero en la luna de miel. Playa, sol, sexo y vacaciones. Parece ser el paraíso. De hecho lo es, pero son los confines, pronto el escenario cambiará abruptamente. De pronto la mujer queda embarazada. Ambos celebran la llegada del primer hijo. Nace la criatura, se parece al papá -dicen-, lo importante es que está sano –dicen otros-. Y, lentamente, las luces empiezan a apagarse. Ambos empiezan a volcar toda su atención en el bebé durante las primeras semanas, el vínculo es muy fuerte, pero pronto la naturaleza empieza a operar su segunda fase.

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Imagen tomada de Flickr por Sergio Roa

El primer tiempo pasa y el hombre desea retornar a las primeras etapas de relación. Quiere disfrutar plenamente de su esposa, revivir su actividad sexual luego de este pequeño receso como lo interpreta él. Pero la mujer –sin mala intención- tiene ahora otras obligaciones. Su instinto de madre es muy fuerte y descuida su propia persona, vuelca todo su tiempo a favor del bebé y ya no dispone de mucho tiempo libre si acaso le queda alguno. El espejo ya no es su mejor amigo, su estuche de maquillaje casi no se ha movido en días y semanas. El marido empieza a ver como su mujer se aleja de él. Está confundido.

Cree que la situación es pasajera y pasará pronto. Las luces a su alrededor se siguen apagando. Los encuentros sexuales con su mujer aún no han desaparecido pero son distintos. Ella ya no está maquillada en la cama, no tiene esas sombras de tonos oscuros en los párpados superiores que volvían loco al marido, su cabello luce opaco y reseco, tristemente sujetado en una cola. Su perfume también se ha desvanecido. Su mujer luce subida de peso, sus curvas son ahora periféricos que desalientan al marido a cruzar la línea del deseo. Las luces se siguen apagando. Algunos encuentros sexuales se ven interrumpidos por el llanto del niño, todo marcha mal, cada vez es menos atendido, siente que se vuelve invisible.

Incluso cuando la familia de la mujer llega apenas y lo saludan, todos preguntan dónde está el angelito y pronto acuden a su habitación junto a la madre, pasan por el costado del aturdido marido sin mirarlo siquiera. En este punto, las relaciones sexuales se han reducido a una vez por semana o incluso una cada quincena. La mujer siempre está cansada y somnolienta y sus tiempos no coinciden con los de su marido. La pareja empieza a discutir, cualquier detalle es pretexto para pelear, ya nada es igual. Ella se va a la habitación de su hijo a dormir y él se queda sólo en la habitación que hasta poco fue sucursal del paraíso. Ahora sí, todas las luces se apagaron. La situación que acabo de describir se da frecuentemente en las parejas, quizá no lo va a leer usted en los diarios pero de que sucede, sucede. En este punto, si ambos no son capaces de salvar el matrimonio por sí solos, lo más probable es que deban recibir la ayuda profesional de un psicólogo. Ambos necesitan sus propios espacios, es normal la atención dedicada a un niño recién nacido pero ésta no debe extenderse por mucho tiempo. Y es aquí donde la mujer debe trabajar más duro para poder superar ese vínculo carnal tan fuerte que desarrolló durante ele embarazo. Al hombre le cuesta menos el desapego.

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Imagen tomada de Flickr por lky respeto

La comunicación será fundamental en este punto. Y aquí el hombre es el que debe trabajar más duro, comerse su orgullo y hablar abiertamente con su esposa de lo que esta sintiendo y sobre todo de lo que piensa acerca del comportamiento de ella. Si se calla y guarda todo para sí, será peor porque la mujer no es consciente del descuido que está teniendo para con el marido, según coinciden muchos psicólogos. Por otra parte, ambos deben trabajar en tareas conjuntas para salvar el matrimonio, empezar por sus arreglos personales, no descuidar su aspecto físico, querer sentirse atractivos para su pareja es lo primero. Paralelamente es recomendable que además del niño, programen una actividad semanal que puedan compartir juntos, desde algo tan simple como ir al cine o pasar el día en un spa hasta dormir una noche en un hotel para revivir momentos de intenso erotismo. No deje que las luces se apaguen completamente.

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